In Memoriam

Luis Fernando Robledo Riaga (1944 – 2010).

 

Hijo de Bernardo y Aura, nació en Bogotá el 17 de noviembre de 1944. Médico graduado de la Universidad Javeriana, especializado en Cirugía Plástica, de la Mano y Microcirugía vascular. En el año de 1975 fue uno de los primeros Residentes del Programa Integrado de Cirugía Plástica del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en el Hospital San José, donde en 1977 inició el Programa de Microcirugía con Procedimientos reconstructivos y reimplante de miembros, campo en el que fue pionero. Miembro de Número de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica, Estética y Reconstructiva, fue autor de varios artículos y estudios científicos. Hemofílico A severo y cofundador de la Liga Colombiana de Hemofilia, también fue socio de la Asociación Colombiana de Coleccionistas de Armas, Miembro de Número de la Academia Colombiana de Historia Aérea y modelista prolífico, constante e impenitente por casi 60 años. Hasta ahí lo básico de la historia oficial.

Hace unos 15 años conocí a LuisF. Primero fue quedar boquiabierto y asombrado por su colección de modelos, su meticuloso detalle y profundo dominio de las técnicas modelísticas; luego ser deslumbrado por el rigor histórico de sus viñetas, que me abrió las puertas del ancho mundo de la investigación, alimentada y sazonada con sus siempre sabrosos apuntes y anécdotas; después quedar admirado y eternamente agradecido por su profunda generosidad humana, como ejemplar miembro de familia, como médico integral, como pensador con filosofía propia, como estoico luchador por la vida sobre la enfermedad y la muerte, esa indeseable inexorable…

Con los meses, me volví “de la casa” y Rosarito decía que yo era como el “hijo grande” de la familia. No nos faltaron pretextos: la milicia, el tiro, los libros, las fotos, el grupo de IPMS y -sobre todo- los modelos a escala. Lo cierto es que cuando Álvaro partió en 1998 y LuisF quedó como Decano de los modelistas colombianos, los temas ya eran los valores y la ética; los procesos históricos y políticos, con la correspondiente crítica apasionada, candente; las experiencias vividas, aprendidas y no aprendidas; los hijos, los amigos y los menos amigos; el trabajo y las estrategias para vivir (y también para sobrevivir); los tiempos de Quinta Camacho, el rural en Suarez - Tolima, la Aeronáutica Civil y muchos, muchísimos otros etcéteras. En esa época comenzó a decirme “hermano” con un tono de voz distinto al coloquial.

Aparte de compartir horas (que se convirtieron en años) de historia, pegante, masilla, lija, resina, pinturas, calcas, tinto, cigarrillo y golosinas -todo al mismo tiempo-, también hubo polígonos (con el consabido aseo), excursiones fotográficas, navidades, cumpleaños y otras efemérides, reuniones de la Academia, ceremonias con medallas y ratos de whisky, siempre con su amabilidad impecable y sus carcajadas exultantes. Esas mismas que disminuyeron en intensidad y frecuencia con la dolorosa partida de Rosarito.

Compartimos la obsesión de un trabajo siempre bien hecho: el tren de Guillermo nos tomó 3 meses, hasta que Rosarito resolvió que, o le devolvíamos el comedor de la casa, o nos íbamos con tren y todo a otra parte (al ladito de la porra!). Cada nuevo modelo pasaba por varias sesiones de crítica constructiva e inspecciones exhaustivas. Cada técnica era minuciosamente analizada y cruzada con los comentarios siempre oportunos de Orlando, Javier, Ramón, John y del infaltable Julio César, además de otros amigos cercanos. Era la faceta más sabrosa del trabajo, cuyo perfeccionismo está plasmado en los microscópicos tableros de sus aviones y los detalles de sus maravillosas figuras militares.

Era difícil oírle un no, excepto para corregirle a uno un error. Aun más raro verlo de mal genio. Tenía más paciencia y tenacidad que 10 modelistas juntos. Siempre curioso, inquiría con inteligencia y prudencia, sin dejar su lado de adolescente entusiasmado y maravillado con la vida, con la novedad, con el detalle. Nunca jugaba con la lealtad, la sinceridad o la humildad, ni negociaba el respeto. Hoy continúa siendo mi maestro, un guía irremplazable y un verdadero amigo del alma.

Lucho, María Camila, Patricia, Marta Cecilia, Marta Cata, María Eugenia, Julio, Natalia y Catalina, Guillermo y Gloria Francia, Maritza, Sergio, Bernardo Adolfo y demás familiares lo extrañarán profundamente; así como el Flaco Vejarano, Pacho Vergara, Ernesto, sus amigos del colegio y a su lado, Orlando, Alberto, Julio César, Marco, Javier, John, Ramón, Wilson, Edison, William, los Fabios, Ricardo, Hernando y todos los modelistas de Medellín, Cali y Bogotá que aprendimos algo de él.

Ellos sabrán comprender y disculpar estas líneas tan personales sobre el LuisF que tuve el privilegio de conocer. Me atrevo a compartirles la invaluable herencia que nos legó.

Allá arriba debe estar con Álvaro, Rosarito, Darío y Oscar, tomando tinto, totiados de la risa hablando de aviones y rajando de la Ley 100.


Gracias por todo, hermano.

Rafael González Richmond